NY Times
29 de Marzo, 2010
Durante años, niños sordos intentaron revelar abuso por parte del cura
Por Andy Manis
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| Steven Geier reveló que el cura que abusó de él cuando era niño le dijo que debía mantenerlo en secreto. |
Eran sordos, pero no permanecieron callados. Durante décadas, un grupo de hombres que fueron víctimas de abuso sexual por parte del Rvdo. Lawrence C. Murphy cuando eran niños en una escuela para personas sordas en Wisconsin informó a todo tipo de funcionarios sobre el peligro que representaba esa persona, según lo dicho por las víctimas y lo que consta en los documentos de la iglesia. Se lo dijeron a otros curas. Se lo dijeron a tres arzobispos de Milwaukee. Se lo dijeron a dos departamentos de policía y al fiscal del distrito. Utilizaron lenguaje de señas, declaraciones juradas por escrito y gestos gráficos para mostrar exactamente lo que les hizo el padre Murphy. Pero sus informes cayeron en los oídos sordos de personas sin problemas de audición. Esta semana se enteraron de que el cardenal Joseph Ratzinger, actual papa Benedicto XVI, recibió en 1996 cartas sobre el padre Murphy por parte del arzobispo de Milwaukee, Rembert G. Weakland, en las cuales manifestaba que la comunidad de sordos necesitaba “una respuesta sanadora por parte de la Iglesia”. El Vaticano no hizo nada al respecto, luego usó subterfugios, y cuando el padre Murphy falleció en 1998, todavía era sacerdote. “Ese hombre debió haber estado preso por un largo tiempo, pero tuvo suerte”, dijo el jueves Steven Geier, una de las víctimas del padre Murphy. “¿Y yo? Yo no debía tocar a las niñas. ¿Qué le daba derecho a poder hacer eso? El padre Murphy fantaseaba con tener sexo con niños constantemente y se salió con la suya”. Muchas veces las víctimas jóvenes de abuso sexual están tan confundidas, avergonzadas o traumatizadas que esperan años para informar las violaciones. Algunas nunca dicen nada. Uno de los aspectos notables del caso del padre Murphy es que las jóvenes víctimas comenzaron a alertar a las autoridades a mediados de la década de 1950, cuando el abuso sexual no era ni siquiera parte del vocabulario general. En la hacienda que comparte con su esposa Ann y dos perros salchicha, en Madison, el Sr. Geier expresó, a través de un intérprete, que ingresó a la escuela para sordos St. John’s, en St. Francis, Wisconsin, cuando tenía 9 años. Su padre había colaborado para construir una iglesia católica en el condado rural de Dane y su tía era monja. Su familia quería que obtuviera una buena educación en una escuela católica. Geier, ahora de 59 años, dijo que entre los 14 y los 15, aproximadamente a partir de 1965, el padre Murphy abusó de él en cuatro ocasiones en un armario de la escuela. El cura, un hombre sin problemas de audición que manejaba el lenguaje de señas, le dijo que Dios quería que le enseñara al niño cómo era el sexo, pero que debía mantenerlo en secreto ya que se encontraba bajo el sacramento de la confesión. Geier dijo que sintió nauseas. “Lo primero que hicimos en la mañana”, dijo Geier, “fue tomar la comunión, y mientras daba la hostia, yo pensaba en todos los niños que había tocado con esas manos y en todos los gérmenes, toda la suciedad en sus manos”. Es posible que el padre Murphy haya abusado de hasta 200 niños mientras trabajaba en la escuela, entre 1950 y 1974, según los relatos de las víctimas y un asistente social contratado por la Arquidiócesis de Milwaukee para entrevistarlo. Geier manifestó que primero intentó decírselo al sacerdote de la parroquia que frecuentaba en Madison, en donde era monaguillo, en 1966, cuando apenas tenía 16 años. Pero el cura le dijo que no quería escuchar, que simplemente se olvidara del asunto. Le dijo a otro sacerdote cuando todavía era adolescente y hasta a un tercer sacerdote años más tarde, después de contraer matrimonio. Este sacerdote, el Rvdo. Tom Schroeder, de 72 años, que daba misas para sordos en Madison entre 1970 y 1992, expresó el viernes en una entrevista que recordaba que Geier le había contado lo ocurrido con el padre Murphy. El padre Schroeder dijo que le contó a una monja, que a su vez se lo contó a otra monja que se desempeñaba como supervisora de la residencia en St. John’s, pero que la supervisora no les creyó, y todo quedó en la nada. “Supuse que si se lo decía una cantidad suficiente de personas, finalmente lo creería”, manifestó el padre Schroeder. Entre la correspondencia interna de la iglesia –desenterrada durante un juicio contra la Arquidiócesis de Milwaukee y entregada a The New York Times, que la hizo pública esta semana– se encontraba una carta del Rvdo. David Walsh, que se desempeñó como capellán para los sordos en Chicago. En dicha carta, expresaba que los estudiantes adolescentes de St. John’s le habían contado del abuso del padre Murphy hacia fines de la década de 1950. El padre Walsh dijo que le comunicó la situación al arzobispo Albert Gregory Meyer de Milwaukee, que envió al padre Murphy a un retiro espiritual y luego nuevamente a la escuela para “reparar el daño causado”. En la década de 1970, un grupo de antiguos estudiantes que se encontraba en un programa de rehabilitación vocacional en Milwaukee comenzó a contarles a sus supervisores de audición el problema con el padre Murphy, una secuencia de hechos que aparecen publicados en dos artículos de The Milwaukee Journal Sentinel en el año 2006. Entre los supervisores se encontraba John Conway, actualmente administrador adjunto de indemnizaciones de trabajadores del estado de Wisconsin. Conway, los estudiantes y otras personas obtuvieron declaraciones juradas de entre 15 y 20 antiguos estudiantes en referencia a los abusos del padre Murphy. Les concedieron una reunión con el arzobispo William E. Cousins. “En mi ingenuidad”, dijo Conway en una entrevista el viernes, “les dije que el arzobispo se encargaría de esto”. Dijo que les sorprendió encontrar la habitación llena de gente, entre la que había varias monjas y maestros de la escuela, dos sacerdotes que alegaron estar ahí en representación del delegado apostólico en Chicago, y el mismísimo padre Murphy. Arthur Budzinski y Gary Smith, otras de las víctimas del padre Murphy, expresaron en una entrevista la semana pasada que recuerdan haber visto al arzobispo Cousins gritar y al padre Murphy con la mirada fija en el piso. Se informó a los hombres sordos y sus defensores que el padre Murphy, director de la escuela y máximo recaudador de fondos, era demasiado valioso como para dejarlo ir y que por eso se le darían únicamente tareas administrativas. Estaban indignados. Repartieron afiches de “Buscado” con una foto de la cara del padre Murphy fuera de la catedral de Milwaukee. Fueron a los departamentos de policía de Milwaukee, en donde se les dijo que no era la jurisdicción adecuada, y a los de St. Francis, donde estaba ubicada la escuela, dijo Conway. También se dirigieron a la oficina de E. Michael McCann, fiscal de distrito del condado de Milwaukee, y hablaron con su asistente, William Gardner. “Un sacerdote criminal era un oxímoron para ellos”, expresó Conway. “Dijeron que lo remitirían a la arquidiócesis”. No se obtuvo respuesta a las llamadas que se realizaron a McCann y a Gardner esta semana. Conway dijo que recién cuando presentaron una demanda, la arquidiócesis sacó al padre Murphy de St. John’s y lo envió al norte de Wisconsin a vivir en la casa de verano de su familia. La demanda se retiró. Smith, uno de los dos demandantes cuyos casos todavía se encontraban dentro del período de prescripción, recibió un pago de US$ 2.000 como acuerdo por desistir de la demanda. El padre Murphy continuó trabajando en parroquias y en escuelas, con sordos, y siguió a cargo de retiros espirituales para jóvenes en la Diócesis de Superior durante los siguientes 24 años. Informó Laurie Goodstein desde Nueva York y David Callender desde Madison, Wisconsin.

